lunes, octubre 02, 2006

That’s the way, say it in quechua…

El quechua es el idioma nativo más hablado fuera del español en América Latina, al que le siguen el guaraní y el aymará.

Junto con nuestro país, es idioma oficial en Bolivia, Colombia y Ecuador, siendo específicamente hablado en Santiago del Estero, Argentina y San Pedro de Atacama en Chile.

Es pues, una lengua que gracias al Tahuantinsuyo, supo expandirse a lo largo de toda la extensión del Imperio Inca.

Sin embargo, el país de Arguedas (de todas las sangres) cuenta con un sinnúmero de lenguas nativas. Eso sí, de uso exclusivo en el territorio nacional. Algunos estudiosos han realizado una definición de 14 familias lingüísticas entre las que se encuentran el jíbaro, el bora-witoto o el pano. Esto es, el quechua no es precisamente la lengua exclusiva del Perú, sino que aparecen en la historia y en el uso diversas expresiones culturales por medio de otros idiomas.

Hago este proemio pues existe un cliché en muchos lugares de nuestra Lima al nombrar diversas empresas, grupos humanos o instituciones con una voz quechua.

Esta situación no tendría nada de extraño, si es que no fuera una justificación o una explicación –si se quiere- de la peruanidad, de la identificación con algo relacionado al Perú o simplemente para dejar entrever una identidad nacional nominal.

Si hay algo que siempre me ha llamado la atención en la Comunidad Héctor de Cárdenas, de la que pertenezco a 197, es esa fijación -de unos años atrás- por poner nombres en quechua a la gran mayoría de grupos que van surgiendo.

Y es que si en la “comuna”, como se le suele llamar, se utilizara el quechua como segunda lengua, o en las misas se hiciera la homilía en ésta, sería lógico su uso. Es más, si sólo uno de los participantes de los grupos que se bautizan con nombres quechuas, fuera de lengua materna quechua, sería preciso su uso.

Puedo entender que una empresa como wayra busque un impacto en lo publicitario con este nombre, pero jamás, como reflejo de la identidad nacional y preocupación por la realidad del país.

A mi modesto entender, la preocupación e identidad no pasan por el nombrar, sino más bien por el actuar. Y si mis acciones no traslucen ese peruano interés, pues la pose se vislumbra.

La condena es uno de mis más fáciles recursos. Esta vez no condeno, condono, pues no tenemos por qué saber que el quechua no es más exclusivo del Perú. Si queremos, a través de un nombre, reflejar nuestra identidad nacional, es mejor hacerlo en asháninka, porque son ellos los que más sufrieron, como comunidad, el embate de la ola terrorista de las dos décadas del terror en el Perú.

CARLOS E. MONTALVÁN

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